Por: Alejandro Tristancho Polo

El día domingo 29 de mayo se celebraron las elecciones presidenciales de la República de Colombia, arrojando un resultado muy ceñido a las encuestas electorales, otorgándoles la oportunidad de participar en segunda vuelta a Gustavo Petro, candidato del Pacto Histórico y Rodolfo Hernández, de la Liga Anticorrupción, previéndose una de las elecciones más paradigmáticas del país suramericano, puesto que es la primera vez que se enfrentan en una segunda vuelta dos candidatos de los sectores independientes, lo que ha obligado a los partidos y movimientos tradicionales a tomar una alternativa entre ambos candidatos.

No obstante, esta cuestión no es la que más llama la atención tras los resultados de la primera vuelta electoral, pues el mapeo de resultados nos enseña una vez más una división nacional bastante alta, que muestra la diversidad de realidades del panorama político colombiano. Tal como si se tratase de una distribución geopolítica o de un cercado marcado por un sesgo ideológico, Colombia se dividió en dos: por un lado, la Colombia urbana y superpoblada versus la Colombia de pequeños enclaves y primordialmente agrícola y, aunque la excepción sea la norma – ya que muchos departamentos mostraron tendencias dispares- esto demuestra las diferentes reclamaciones que estas zonas del país tienen frente al Estado.

Ambos candidatos con un tono altamente populista, han intentado desenmarcarse de la política tradicional mediante su discurso. Petro, por ejemplo, sostiene una agenda de izquierda progresista, en la que manifiesta diferentes reclamos de la población marginada que se ha visto afectada históricamente por la segregación y el elitismo; mientras que Rodolfo Hernández, quien se hace llamar así mismo como «el ingeniero», se postula a partir de un discurso anticorrupción y anti establecimiento, en el que señala a las élites tradicionales de hacer un entramado político a favor de intereses particulares, esto bajo una ideología indefinida, lo que ha permitido reclamar el electorado de derecha para sí mismo. De esta forma, lograron captar la atención de los ciudadanos de las regiones donde ganaron, pues encontraron nichos donde compartían su identidad, enquistada en las carencias regionales históricas, y más después de haberse cumplido 20 años de hegemonía uribista y 2 años de pandemia.

Por otro lado, sus programas de gobierno difieren casi por completo, y aunque se quedan en el discurso, hacen de estas dos opciones seres equidistantes en el panorama político e ideológico. El «Ingeniero» se muestra como un defensor del libre mercado y la propiedad privada, no obstante, enfoca casi todo su programa de gobierno a la lucha contra la corrupción y la evasión de impuestos, con una estrategia más bien etérea, lo que le ha valido cientos de descalificaciones a su programa por parte de los detractores. Petro por el contrario tiene un programa bastante ambiciosas y controvertidos, que incluyen la conexión por trenes del territorio nacional, la producción de energías limpias y la transición de la dependencia petrolera, mediante una reforma agrícola y la incentivación al turismo, además de planear una reforma pensional y tributaria en la cual pretende poner mayor carga fiscal a los grandes multimillonarios del país. En la proyección en cuanto al proceso de paz con las guerrillas de las Farc y el ELN y la reactivación diplomática con Venezuela, ambos candidatos convergen un poco más, siendo Hernández más pretencioso al decir que únicamente agregará un otrosí al acuerdo de paz de 2016 para incluir al ELN.

De cierta forma las diferencias en los programas de estos dos candidatos se ven reflejadas en la división electoral que se vieron el pasado domingo, puesto que en muchos departamentos históricamente más afectados por la corrupción, eligieron a Hernández, mientras que en la mayoría de departamentos afectados por la marginalización social han preferido a Petro. Sin embargo, esto ha sido tan sólo una de las consecuencias de este resultado, puesto que la corrupción y la segregación están presentes en todo el territorio colombiano. Más bien, sus polémicas y estigmatizaciones tienen una mayor afectación en el electorado. A Petro, por ir al caso, lo sigue persiguiendo el fantasma del socialismo, pues su pasado guerrillero en el M-19 y su simpatía a Hugo Chávez a principios de siglo, le cobran factura a día de hoy. No siendo suficiente, se ha unido con algunos ex-militantes de la política tradicional, lo que le ha quitado peso como abanderado contra la corrupción. A el «ingeniero», por otro lado, ha tenido que cargar con su propio discurso, el cual, en muchas ocasiones, ha representado los antivalores de la sociedad actual, como machismo, aporofobia y xenofobia, lo que le ha valido el mote de el «Donald Trump criollo». Su desaforada forma de hablar, junto con un carácter explosivo, lo han metido en muchos problemas a lo largo de su carrera pública. Para rematar, ha recibido el apoyo del uribismo, del cual ha renegado muy poco desde sus inicios, y que, tras la brecha dejada por la impopular administración de Iván Duque, puede significar una soga al cuello para cualquier candidato, además de desmeritar su estandarte de candidato contra el establecimiento.

Esta última cuestión es de suma importancia, puesto que las elecciones de 2022 han significado también una votación de castigo contra el uribismo, que veinte años después del gobierno de Álvaro Uribe, empieza a parecer obsoleto. Por tal razón, salvo en Antioquia -la principal fortaleza de esta postura en Colombia- salieron beneficiados estos dos candidatos. Es de destacar que en los departamentos donde en el 2018 el uribismo derrotó a Petro, fueron remplazados por los votos de Hernández, salvo en la costa Caribe -que tradicionalmente había sido un fortín de esta doctrina- habiendo muy poca volatilidad electoral a favor de Petro en el resto del país en cuanto a circunscripciones se refiere. Esto en parte al estigma con el que sigue cargando este candidato, pues, aunque los electores le hayan quitado el favor al candidato preferido de Uribe Vélez (Federico Gutiérrez), en dichas zonas del país siguen con los temores a un sistema político como el venezolano, que sumado a años de guerra con las guerrillas y la masiva migración del país vecino, hacen de Petro una amenaza más que irreal. Por el contrario, «el ingeniero» a partir de sus polémicas declaraciones y comportamientos, reúne menor cantidad de simpatizantes en los centros urbanos más poblados, al manifestar sus posturas «políticamente incorrectas», por lo que ha sido señalado en innumerables ocasiones de hacer parte de una derecha neoconservadora o los movimientos Alt Right. Las ciudades se han convertido en el lugar en el que también Petro concentra la mayor parte de su masa electoral, ya que ha logrado calar entre los jóvenes usuarios de redes sociales, que suelen hacerle campaña mediante esta herramienta, por lo que la cobertura de internet también juega y jugará un papel determinante en las elecciones del siglo XXI.

Las fórmulas vicepresidenciales también tienen un rol determinante en la distribución departamental de las elecciones, pues la candidata de Petro, Francia Márquez, representa mejor las minorías étnicas en las regiones donde estas hacen más presencia; mientras que Marelen Castillo, la opción del «ingeniero», apenas se le ha dado visibilidad dentro de la campaña, a pesar de su identidad étnica y de género equivalentes en comparación con Márquez, las cuales también convergen en experiencia y nivel de estudios. Esto se debe a un activismo constante de la aspirante a vicepresidencia por el Pacto Histórico, la cual labró su propio camino iniciando como candidata presidencial en las elecciones primarias de su movimiento.

Es muy probable que hayan muy pocos cambios en dicho mapa electoral para la segunda vuelta, salvo por Antioquia, que tendrá que decidir obligatoriamente entre los dos candidatos. El reto se prevé más complejo para Petro, el ganador de la primera contienda, debido a que su campaña se dirigió desde un inicio a combatir al uribismo y la política tradicional, que, con la derrota de «Fico» Gutiérrez, se quedó sin municiones para combatir a otro candidato con las mismas características atiestablecimiento, por lo que no ha quedado de otra que rebajar a su nuevo contrincante al nivel de su anterior adversario. Además es casi un hecho la alianza entre Gutiérrez y Hernández, que, aunque haya parecido una derrota por Knock Out del uribismo y la derecha tradicional, las últimas elecciones siguen demostrando que aún se mantiene como la tercera fuerza política colombiana, un hecho nada despreciable para este movimiento, empero, como se mencionó atrás, podría ser un disparo al pie frente a la pérdida de votantes que siguen viendo al «ingeniero» como una opción en contra de estos movimientos tradicionales. El camino de Hernández para la presidencia, aunque parece más despejado que para Petro, depende de sí mismo y sus declaraciones, pues para lograr penetrar en las regiones más pobladas y «modernas», es necesaria la «corrección» política de su discurso y una rectificación de los errores del pasado, algo que le podría costar sus electores en las zonas que ya ganó y que sedujo con su lenguaje sin impedimentos, cuestión que se dificultará ante su negativa de participar en debates.

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