“No nos vamos”: así viven los habitantes de Puracé la alerta por el volcán Puracé
La caída de ceniza, el frío y la incertidumbre conviven con la rutina de comunidades indígenas y campesinas en medio de la alerta naranja del volcán Puracé.
La vida en Puracé continúa pese al aumento de la actividad del volcán Puracé, declarado en alerta naranja desde el pasado fin de semana. La caída de ceniza, la contaminación del agua y los efectos en la salud se han hecho más frecuentes, especialmente en zonas como la vereda Cristales, pero las comunidades mantienen su arraigo al territorio. Este escenario ha vuelto a poner en discusión la gestión del riesgo en el Cauca y la resistencia de las familias que, pese al peligro, reiteran una frase que se repite de casa en casa: “No nos vamos”.

Un volcán que respira entre lluvia, ceniza y sismicidad
Los habitantes conviven con un paisaje cubierto de neblina, lluvias constantes y la presencia silenciosa del volcán Puracé, un gigante cuya actividad ha aumentado con sismos internos, emisiones de gases y caída de ceniza. Según los reportes técnicos, indicadores como la sismicidad y la dispersión de material volcánico se han intensificado, afectando cultivos, huertas y fuentes de agua.
La ceniza ha alterado el color de quebradas y riachuelos, que ahora lucen grises y opacos. “El agua está contaminada, no tenemos de dónde abastecernos”, explica Leni Mapallo, habitante de la vereda Cristales. La caída constante de material volcánico también ha generado irritación en ojos y garganta, dejando a las familias en alerta permanente.
Para líderes ancestrales como Willinton Tote, gobernador indígena del resguardo de Coconuco, este ciclo se interpreta desde la cosmovisión propia: el volcán es parte de la vida comunitaria y el agua, enviada por “Papa Señor”, sirve para proteger los cultivos y limpiar lo que la ceniza podría destruir.
Evacuación preventiva: un plan que no convence a las comunidades
Aunque las afectaciones no han sido devastadoras, las autoridades de gestión del riesgo estiman que unas 1.470 personas podrían requerir evacuación si la actividad del volcán Puracé aumenta. Sin embargo, las familias se resisten a dejar sus hogares, animales y cultivos. Además, la infraestructura disponible es insuficiente: solo un salón comunitario y dos polideportivos podrían servir como albergues temporales.
Esta situación motivó al alcalde Humberto Molano a declarar la calamidad pública, un paso necesario para acceder a recursos y fortalecer la preparación ante una eventual emergencia. Pese a ello, la comunidad insiste en que abandonar la montaña no es una opción: dejar el territorio significa romper un tejido cultural construido durante generaciones.

Cristales: donde la ceniza ya es parte del paisaje
En la vereda Cristales, a más de 3.200 metros de altura, la alerta se siente con mayor intensidad. Los gases que desprende el volcán irritan los ojos, producen fatiga y alteran la respiración. Los árboles y cultivos están cubiertos por una capa de ceniza que ni la lluvia logra remover, y los caminos en mal estado dificultan la llegada de apoyo institucional.
Para sus habitantes, décadas de abandono se hacen evidentes ahora que la posible evacuación genera temor y malestar. Reclaman que los planes de refugio y contingencia debieron implementarse desde hace años, no únicamente cuando el volcán Puracé vuelve a despertar.

Un diálogo pendiente entre autoridades y territorio
La alerta naranja ha movilizado a instituciones, organismos de socorro y administraciones locales, que realizan reuniones constantes para coordinar respuestas. Este martes, el Servicio Geológico Colombiano instaló una nueva cámara térmica que permitirá monitorear visuales nocturnas y detectar cambios en columnas de gas o ceniza.
Pese a todo, la comunidad sigue firme: la montaña es hogar, memoria y vida. Mientras el volcán continúa respirando, Puracé intenta avanzar entre la lluvia, la incertidumbre y una convicción profunda: aquí, nadie quiere irse.
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